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  • Foto del escritorZector 51

La bordadora: el mundo cotidiano de la mujer indígena que Rivera pintó


En los más de 90 años de existencia de la pintura La bordadora, de Diego Rivera, ese cuadro nunca ha sido visto por el público mexicano e internacional, nunca ha sido prestado ni expuesto más allá de la sala de sus dueños —la familia Feibleman, en Nueva Orleans, Estados Unidos—, que lo adquirieron a finales de los años 20 del siglo pasado.

Pero no es sólo ese secreto lo que la convierte en una de las mayores obras de Diego Rivera, sino sobre todo las formas de representación del mundo indígena, en un momento en que el artista recién llegaba de ver y aprender el arte de Europa, y un momento en el cual, con apoyo de José Vasconcelos, conoció y visitó culturas indígenas del país, de las cuales representó escenas de su cotidianidad sin una carga ideológica y política, o para representar un momento de la historia.

Las obras que casi siempre se recuerdan de Diego Rivera de la década de los años 20 son sus murales. En medio de ese proceso —que incluyó sus trabajos en San Ildefonso, el edificio de la Secretaría de Educación Pública, la Universidad de Chapingo y Palacio Nacional— Rivera hizo muy diversas obras de caballete. Fue muy abundante la producción sobre el Istmo de Tehuantepec.


La mañana del próximo 11 de marzo, en Nueva York, la casa de subastas Christie’s realizará una puja de arte latinoamericano que incluye, entre otras, la pintura La bordadora, de Diego Rivera.


Es un cuadro de espléndidos colores de una escena de la vida cotidiana en el Istmo de Tehuantepec, que cobra gran importancia porque el esplendor de sus colores no era conocido; las únicas imágenes que había de la pieza eran en blanco y negro.


El historiador de Arte Luis-Martín Lozano resalta las cualidades de la pintura que data de 1928. “Esta es una pieza fantástica que Diego Rivera pintó en los años 20. La conocíamos a través del catálogo de caballete que publicó el INBAL en los años 80, y sólo en blanco y negro. Pero incluso no se sabía donde estaba. Yo hice hace muchos años una exposición para el Museo Nacional de Arte sobre las tehuanas y el arte mexicano, y la buscamos, pero no la encontramos”.


Describe que la pintura representa a una mujer del Istmo de Tehuantepec, sentada y bordando. “Aparte de que está ejecutada con una gran belleza de colorido es muy significativa en cuanto a las ideologías en México en aquel momento”, dice el historiador, editor de Frida Kahlo. Obra pictórica completa y coautor del libro Diego Rivera. Obra Mural Completa (ambos de Taschen).


Lozano considera que aunque es una puja internacional y que la obra podría venderse a un comprador de cualquier parte del mundo, sería muy importante que pudiera ser vista en México porque hay una visión muy especial y concreta de lo indígena.


Y abunda en ello: “Rivera produce una visión de lo indígena, más que pintoresca, una visión que enaltece a la indígena por su oficio, su cultura. Todo bajo el influjo de las ideas de Manuel Gamio y Franz Boas, y poniendo al arte en lo más alto. Está enalteciendo a una mujer; es un feminismo muy incipiente de los años 20, por parte de Rivera. Lo que me parece fascinante de esta pieza es que nos comprueba cómo el Rivera de los años 20, que no está todavía tan inmiscuido en una visión ideológica mundial, está ligado a todo el renacimiento cultural e ideológico de la cultura. Después de este cuadro, en 1928, se va a la Unión Soviética y ese viaje le cambia la visión, se da cuenta de que el arte al servicio de la ideología implica también un compromiso de postura de poder. Su visión se vuelve más ideologizada en los años 30”.


¿Cómo llegó Rivera al Istmo?

Para comprender el origen de obras como esta pintura que, en buena medida, tiene una continuidad en los murales que se pueden ver en el edificio de la SEP, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, Lozano recapitula en la historia del pintor desde inicios del siglo XX.


Diego Rivera se había ido en 1907 a formarse en Europa; estuvo en España, Holanda, Londres, París. “Se dio cuenta de que la pintura había cambiado, que lo que había estado estudiando iba de salida, los modernismos ya no eran lo nuevo, sino el Cubismo y otras vanguardias”. Rivera regresó a México, no tenía más dinero para su estancia y tenía una exposición en puerta, en la Academia de San Carlos —Escuela Nacional de Bellas Artes— durante los festejos del Centenario de la Independencia, en 1910. Tras la venta de varios cuadros, regresó a París. “Estaba con la mente puesta en convertirse en un pintor de vanguardia, eventualmente en cubista, y se desarrolló dentro de las vanguardias europeas, entre 1911 hasta 1920”.


Fueron años de grandes cambios en México con la Revolución Mexicana y el fin del gobierno de Porfirio Díaz. “Se requiere una ideología de unidad nacional. Se crea la Secretaría de Educación Pública. En este esfuerzo participan varios artistas como Adolfo Best Maugard; las fuentes para el método de dibujo Best Maugard tienen su origen en que él fue dibujante para el Museo Nacional, donde ilustraba descubrimientos arqueológicos, como los que hizo el antropólogo estadounidense Franz Boas, en Teotihuacán.”


Rivera más tarde fue invitado a venir a México por Vasconcelos, aunque antes lo envió a Italia a estudiar el arte público, las iglesias bizantinas. “Lo primero que pintó en México, en 1921, fue La creación, que está en San Ildefonso, una obra neoplatónica, con alegorías, y que es protocubista. Pero Vasconcelos necesitaba que representra más la realidad de México, entonces lo mandó a hacer recorridos por el país, a Yucatán y al Istmo de Tehuantepec. Cuando llegó ahí, Rivera se transformó, encontró un paraíso”.


Rivera, al volver de su viaje por el país, comenzó a pintar los murales de la SEP; y en ellos están las mujeres de Tehuantepec.


En ese momento, explica el historiador, Rivera advirtió que el indígena no tenía un lugar en el proyecto cultural posrevolucionario en las pinturas: “¿Qué se estaba pintando? El jarabe tapatío, en San Pedro y San Pablo; Orozco pintaba alegorías en San Ildefonso;, Fernando Leal pintando los danzantes de Chalma; Jean Charlot, la batalla de Tenochtitlán, y él La creación”.


Lo que Lozano plantea es que aquellas ideas de Franz Boas, sus estudios sobre los indígenas, por medio de Best Maugard, dieron otra visión a Rivera. “Para Boas, el lenguaje y las artes son indicativo de civilización y aunque nuestras culturas no eran tan avanzadas tecnológicamente, sí eran muy avanzados en su arte. Rivera y Best Maugard empezaron a recuperar todo eso. El pintor se da cuenta de que en el Istmo de Tehuantepec no sólo hay unas condiciones geográficas que han mantenido los indígenas, un estado paradisiaco, sino que su lenguaje, organización y arte son expresiones de esta civilización. De ahí que su pintura en los años 20 enaltezca al indígena, a través de su trabajo, formas de organización, artes aplicadas y oficios”.


El oficio de los telares, que es tradicional en estas culturas y que hoy sigue siendo parte de su identidad, es el que se representa; lo realiza una mujer y en la escena lo comparte con una niña.

“La tradición de los textiles se pasa de mano en mano. La cultura de Oaxaca es muy rica y eso se debe precisamente a la pervivencia de la memoria. Rivera pinta La bordadora enseñando a la niña (probablemente su hija) a repetir los patrones textiles”.


El historiador considera que la pintura, por otra parte, representa muy bien el ideal de lo que quería hacer el gobierno en los años 20: “Es lo que hemos llamado renacimiento cultural. No era solo un renacimiento de formas pictóricas, artísticas. Era desde el alma y desde la antropología. Hemos discutido poco esa dimensión del arte de Rivera; hasta ahorita decimos que utiliza patrones prehispánicos de esculturas, de danzantes. Pero aquí él se pone en la condición del indígena frente al México posrevolucionario; un indígena que no es como el de la ciudad y que tiene que ser enaltecido por la cultura que tiene. Es un gran recordatorio para nosotros ahorita. El olvido de esas culturas fue lo que causó el levantamiento zapatista en los años 90, y ellos nos recuerdan que son los mismos indios de los años 20 del siglo pasado, que no tuvieron respuestas con la Revolución. Rivera lo hizo en sus cuadros: recuperar esta cultura nuestra, no una cultura traída de París”.


Pero lo que vino después fue una representación del indígena más asociado a la historia, a las gestas. “Esta es una pieza de carácter antropológico en cuanto a cómo está tratado el indígena. Solo lo hizo así en los años 20, en los 30 fue diferente. El Rivera de 1910 no es el mismo de los 20 ni de los 30 ni de los 40 ni de los 50… va cambiando y cambia también su visión del indígena. Aquí lo enaltece en su origen”.


Acerca de lo que pasó con la obra, el historiador cuenta que fue comprada por una familia extranjera, que la conservó hasta ahora. Sólo se publicó algo de información respecto a ella en una revista en Francia, en L’Art Vivant, en enero de 1930, donde se reprodujo el cuadro.


Sobre como se vendió cuenta: “A la Central de Publicaciones que era los orígenes de la galería Misrachi, le daba vender ‘al antiguo’; don Alberto Misrachi, que tenía una tienda de discos, libros, plumas fuentes, papel traído de Europa, en su aparador colgaba obras de arte, y en el mezannine, había una pequeña galería, aun antes de la galería de Inés Amor. Se vendió a finales de los 20 y 90 años después aparece”.


La bordadora está firmada por Rivera en 1928; es un óleo que tiene cerca de un metro de ancho y 78 centímetros de alto; el precio de salida para la subasta de Christie’s oscila entre 700 mil y 900 mil dólares.


La obra estará en préstamo en el Museo de Arte Moderno de San Francisco para la próxima exposición, Diego Rivera's America, cuya inauguración será en julio; luego viajará al Museo de Arte Americano Crystal Bridges, Bentonville, Arkansas, en marzo de 2023.

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