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Periódico

  • Foto del escritorZector 51

Esta es la espeluznante leyenda de la casa de Don Juan Manuel situada en la CDMX


La residencia está ubicada en la calle Uruguay 90, la cual es conocida por ser una de las primeras en contar con alumbrado gracias a las presuntas desgracias que ocurrían en el sitio.


No son pocas las leyendas en México cuyas historias relatan sucesos trágicos en torno a personajes que, con el pasar de los años, han sido rememorados de boca en boca.

Una de las leyendas que más destacan en la Ciudad de México es la de Don Juan Manuel, cuya residencia yace en el Centro Histórico.


La leyenda de Don Juan Manuel

Cuenta la leyenda que, durante el virreinato, Don Juan Manuel de Solórzano, quien vivía en el Centro Histórico de la ciudad capitalina, era reconocido por ser un hombre ilustre y de gran conocimiento, por lo que contaba con numerosos enemigos que ansiaban verlo en miseria; no obstante, Juan Manuel tenía los recursos necesarios para poseer un merecido prestigio en su vida laboral, ya que desempeñaba como privado del virrey.


No fue hasta que se casó con Doña Mariana, una bella mujer mucho más joven que él, que sus adversarios conocieron su mayor debilidad: los celos.


Nuestro personaje amaba con fervor a Mariana Laguna, pero había un percance en su relación. No habían sido capaces de procrear un descendiente, situación la cual Solórzano deseaba profundamente. Afectado de sobre manera por este hecho, decidió acudir al convento de San Bernardo con el fin de dedicarse a la oración, ya que, según él, su incapacidad para concebir un vástago estaba relacionado con lo divino.


Bajo este panorama, el hombre decidió encargar sus negocios a su sobrino, a quien trajo desde España, para poder dedicarse por completo en su etapa mística.


Los enemigos de Don Juan Manuel supieron sobre su situación y aprovecharon para difamar a su esposa. Entre los rumores, se circulaba que ella le era infiel, por lo que cuando él se enteró de esta mentira, rápidamente comenzó a perder la razón y tomó una decisión que cambiaría por completo su destino y el de sus seres queridos.


En medio de su desesperación, invocó al diablo para poder preguntarle la identidad del hombre con quien su esposa lo engañaba. Sin embargo, uno de los requisitos era que necesitaba salirse del convento a las once de la noche para así encontrarse con quien tanto añoraba conocer.


Y así fue, de acuerdo con los relatos, que Don Juan Manuel le preguntó a la primera persona con quien se encontró en la calle Uruguay 94 para poder preguntarle: “¿Usted sabe qué hora es?”, para finalmente, antes de apuñalarlo, decirle: “Dichoso tu que conoces la hora de tu muerte”.


Satisfecho, el hombre regresó a su aposento para poder descansar, convencido que había cumplido con su deber y la perfidia de su esposa cesaría de ser un problema.


No obstante, en la noche siguiente conversó nuevamente con el maligno, quien confesó en tono de burla que aquel sujeto apuñalado no se trataba del amante, por lo que necesitaría repetir la fatalidad hasta encontrar al indicado.


Cegado por los celos, Solórzano repitió el infortunio en la misma calle, cobrando la vida de numerosos inocentes.


Una mañana, llegó la guardia real a su vivienda para entregarle el cuerpo de su nieto, quien había sido apuñalado la noche anterior.


Devastado y ahogado en la culpa, Juan Manuel acudió al templo de San Bernardo en busca de un confesor, con el objetivo de revelar sus fechorías. El sacerdote le explicó que, si realmente pretendía absolverse de sus pecados, tenía que ir a la horca tres noches seguidas para rezar un rosario y tres padres nuestros.


Decidido, el protagonista realizó lo que le pidieron. Sin embargo, cuando llegó al sitio, escuchó una voz que susurraba “Un padre nuestro y un rosario, porque el alma de Don Juan Manuel descanse en paz”. Abrumado por el miedo, regresó con el sacerdote, pero este le dijo que necesitaba volver a la horca.


De vuelta en la horca, Don Juan Manuel se encontró con algo inesperado. Era su propio cuerpo el que yacía en un ataúd durante el cortejo fúnebre que se llevaba a cabo.


Al regresar nuevamente con el confesor, este, ya cansado por la situación, le solicitó que acudiera a la horca para rezar sus respectivas oraciones. En la mañana siguiente, el cuerpo del alguna vez admirado y respetado hombre, yacía colgado sin signos de vida.


Ubicación: República de Uruguay 90, Centro Histórico de la Cdad. de México, Centro, Cuauhtémoc, 06060 Centro, CDMX

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